por Serguey Shinder
He visto morir tecnologías que, en su momento, parecían el futuro para siempre. Lenguajes que había que saber sí o sí, marcos de trabajo que dominaban las ofertas de empleo, herramientas alrededor de las cuales se construían carreras enteras. Muchas ya no están, o sobreviven en rincones olvidados. Y quienes habían apostado toda su identidad profesional a ellas se encontraron, un día, teniendo que empezar de nuevo.
Al principio eso me daba una especie de vértigo. Si todo lo que aprendo hoy va a caducar, ¿de qué sirve aprenderlo? ¿Para qué esforzarme en dominar algo que en pocos años será una nota a pie de página? Vivía el cambio constante como una amenaza, como una cinta de correr que me obligaba a estudiar sin parar solo para no quedarme atrás.
Con los años vi que me fijaba en la capa equivocada. Sí, las herramientas caducan; esa parte es real y no va a parar. Pero debajo de cada herramienta que aprendí y olvidé había algo que no caducó nunca. La forma de descomponer un problema grande en partes que puedo entender. El instinto de dudar de lo que parece obvio y comprobarlo. La disciplina de nombrar bien, de simplificar, de pensar en quien vendrá después. Esos fundamentos pasaron de una tecnología a la siguiente sin perder una gota de valor.
Y entendí que casi todo lo que de verdad importa de mi oficio vive en esa capa profunda, no en la superficie que cambia. Un lenguaje nuevo, si entiendo los fundamentos, es cuestión de semanas. Pero los fundamentos, esos, no se aprenden en semanas: se construyen despacio, proyecto a proyecto, error a error, y una vez que los tienes, viajan contigo a cualquier tecnología que venga después.
Por eso cambié la forma de invertir mi tiempo de aprendizaje. Sigo aprendiendo lo nuevo, claro; hay que hablar el idioma de hoy para trabajar hoy. Pero pongo mi esfuerzo más hondo en lo que sé que no me van a quitar los años: pensar con claridad, comunicar bien, decidir con criterio, entender por qué las cosas funcionan y no solo cómo. Eso no aparece en ninguna oferta de empleo como requisito, y sin embargo es lo que sostiene todo lo demás.
El futuro seguirá trayendo herramientas nuevas y jubilando las de hoy; de eso no tengo ninguna duda. Mi apuesta es no atarme demasiado a ninguna, y echar raíces, en cambio, en lo que ninguna ola se lleva. Las herramientas van y vienen. Los fundamentos se quedan. Ahí es donde elijo construir.
– Serguey Asael Shinder
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