La tarde que pasé buscando un solo nombre

por Serguey Shinder

Una tarde entera para un solo nombre. Contado así, suena a pérdida de tiempo, a alguien con demasiadas horas y muy poco trabajo real. Yo lo habría pensado también, años atrás. Hoy la recuerdo como una de las tardes mejor invertidas de aquel proyecto.

La función existía desde hacía semanas. Hacía su trabajo, pasaba sus pruebas, nadie se quejaba. El problema era su nombre: uno de esos nombres genéricos y cómodos que ponemos con prisa, un « procesar » o un « gestionarDatos », que no dice nada porque intenta decirlo todo. Cada vez que alguien llegaba a esa parte del código, tenía que abrir la función entera para entender qué hacía de verdad. El nombre no ayudaba; obligaba a leer.

Aquella tarde me senté a arreglarlo, y descubrí que no podía. No encontraba un nombre mejor. Y ahí, poco a poco, entendí por qué: la función no tenía un nombre claro porque no hacía una sola cosa clara. Hacía tres. Validaba, transformaba y guardaba, todo mezclado bajo aquel verbo vago que lo disimulaba. El nombre no era el problema. Era el síntoma.

Buscar el nombre me obligó a ver lo que el nombre cómodo escondía. Separé la función en tres, cada una con una tarea, cada una con un nombre que se ponía solo en cuanto la tarea era única. Lo que empezó como un capricho estético terminó siendo un rediseño pequeño pero real, y el código quedó más claro de lo que yo había ido a buscar.

Desde entonces trato la dificultad de nombrar como una señal, no como una molestia. Cuando no encuentro un buen nombre para algo, rara vez es que me falten palabras. Casi siempre es que la cosa que intento nombrar no está bien definida: hace demasiado, mezcla ideas, no tiene una frontera clara. El nombre que no llega me está avisando de un problema de diseño que aún no he visto.

Por eso ya no me da vergüenza pasar una tarde en un nombre. No busco la palabra bonita; busco la claridad que la palabra exige. Un nombre que se resiste es un diseño que pide ayuda. Escucharlo, en vez de tapar el hueco con lo primero que sirva, es de las cosas más baratas que puedo hacer por quien lea el código después. Casi siempre, ese alguien soy yo.

– Serguey Asael Shinder

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