El metrónomo que odiaba me enseñó a escuchar

por Serguey Shinder

Odiaba el metrónomo. Ese tic implacable, sin alma, que no perdona un adelanto ni disimula un retraso, me parecía el enemigo de la música, no su maestro. Lo apagaba en cuanto podía. Tocaba « con sentimiento », me decía, como si el sentimiento y el tiempo fueran cosas opuestas.

Tardé en aceptar lo que aquel tic me estaba mostrando. Cuando por fin toqué con él en serio, sin trampas, descubrí algo incómodo: no iba tan a tiempo como creía. Me adelantaba en las partes fáciles, empujado por las ganas. Me retrasaba en las difíciles, arrastrado por el esfuerzo. Mi tiempo no era firme; era un reflejo de mi comodidad. Aceleraba donde me sentía seguro y frenaba donde dudaba, y hasta ese momento no lo había oído. El metrónomo no me imponía un problema. Me lo revelaba.

Eso fue lo que cambió mi forma de entenderlo. Yo lo vivía como una jaula, algo que me quitaba libertad. Era lo contrario. El tiempo firme no es la cárcel de la música; es el suelo sobre el que se sostiene. Sin un pulso fiable debajo, no hay expresión que se aguante: lo que yo llamaba « sentimiento » era, muchas veces, solo descontrol con buena excusa. La libertad de verdad, la de estirar una frase o retener una nota a propósito, solo aparece cuando el tiempo debajo es tan sólido que puedes jugar con él sin perderte.

Pero la lección más honda no fue sobre el ritmo. Fue sobre escuchar. El metrónomo me enseñó a oírme como era, no como creía ser. Sin él, mi oído me mentía piadosamente: yo « sentía » que iba a tiempo, y me creía. Con él, la verdad quedaba expuesta, tic a tic, sin sitio donde esconderse. Aprender a tocar con el metrónomo fue, en el fondo, aprender a soportar oír mi propio error sin apartar la vista.

Y ese hábito se derramó fuera de la música. Cuántas veces creemos ir a tiempo, ser justos, ser objetivos, y no tenemos ningún metrónomo que nos contradiga. Nos falta ese tic externo, incómodo, que separe lo que sentimos de lo que hacemos. En la música lo tengo; en casi todo lo demás, tengo que fabricármelo, buscar la medida honesta que no me deje engañarme.

Sigue sin gustarme el sonido del metrónomo. Pero ya no lo apago. Aprendí que lo que me molestaba de él no era su defecto, sino el mío, que por fin podía oír.

– Serguey Asael Shinder

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