por Serguey Shinder
Durante años tuve un hábito silencioso que me hacía pequeño: comparar mi interior con el exterior de los demás.
Veía a otro que dominaba una tecnología que a mí me costaba, que hablaba con soltura en una reunión donde yo dudaba, que parecía avanzar sin esfuerzo mientras yo remaba. Y de cada uno tomaba su mejor cara, la que se muestra, y la ponía frente a mi peor cara, la que solo yo conozco. Comparaba su portada pulida con mis borradores desordenados, y siempre salía perdiendo. No era una comparación; era una condena con las reglas trucadas.
Lo agotador es que no tenía fin. Superaba una cosa, y aparecía otra persona mejor en otra. La vara de medir se movía sin parar, siempre un poco más allá de donde yo llegaba. Nunca era suficiente, porque el juego estaba diseñado para que nunca lo fuera: siempre existe alguien más rápido, más brillante, más adelantado en algo. Me pasaba el día corriendo una carrera que no podía ganar, contra rivales que ni sabían que competían.
El cambio no vino de golpe, sino de una idea que se me fue asentando: solo veo el resultado de los demás, nunca su camino. Veo lo que otro sabe hoy, no las noches que le costó. Veo su soltura, no su miedo. Me comparo con una versión editada, sin los cortes, y por eso pierdo siempre. La comparación con otros es injusta por naturaleza, porque nunca tengo los dos lados completos: de ellos veo la superficie, de mí veo el fondo.
Así que cambié de rival. Dejé de mirar al lado y empecé a mirar atrás, hacia quien yo mismo había sido. Esa comparación sí es justa, porque tengo los dos lados. Sé de dónde venía y sé dónde estoy. Puedo ver, honestamente, si hoy entiendo algo que ayer no, si resuelvo con calma lo que antes me bloqueaba, si soy un poco mejor que mi versión del año pasado. Es una carrera que sí puedo ganar, porque el único contrincante soy yo, y juego con las cartas a la vista.
No he dejado de admirar a los demás; sigo aprendiendo de quienes van por delante. Lo que solté fue usarlos como espejo de mi valor. Su camino es suyo; el mío es mío, y avanza a su ritmo. Medir mi progreso contra quien fui ayer, y no contra el escaparate de otro, fue una de las decisiones más liberadoras que he tomado. Dejé de correr contra todos. Empecé a caminar hacia adelante.
– Serguey Asael Shinder
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