por Serguey Shinder
Durante un tiempo culpé a la herramienta. Le pedía algo a la IA, me daba una respuesta mediocre, y yo concluía que la máquina no estaba a la altura. Esperaba que mejorara sola, que la próxima versión leyera mi mente mejor que esta. Tardé en ver que el problema, muchas veces, no estaba en la respuesta. Estaba en la pregunta.
Mis primeras peticiones eran vagas. « Ayúdame con esto », « mejora este texto », « arregla este código ». Frases perezosas que no decían qué quería, para quién, con qué límites, en qué tono. Le daba a la máquina un objetivo borroso y me sorprendía de recibir un resultado borroso. La estaba tratando como un oráculo que debía adivinar, cuando es más bien un colaborador que responde a lo que le das.
El cambio llegó cuando empecé a tratar la pregunta como parte del trabajo, no como un trámite antes del trabajo. Antes de pedir nada, me obligo a saber yo mismo qué busco. Qué problema intento resolver. Qué forma tendría una buena respuesta. Qué contexto necesita quien va a responder para no inventárselo. Muchas veces, el simple acto de escribir bien la pregunta me aclara el problema antes de que la máquina diga una palabra.
Y las respuestas mejoraron de golpe. No porque la herramienta cambiara, sino porque yo dejé de darle niebla. Una petición concreta, con su contexto, sus límites y un ejemplo de lo que espero, produce algo diez veces más útil que un « ayúdame con esto ». La calidad de lo que recibo resultó ser un reflejo bastante fiel de la calidad de lo que pido.
Hay algo más profundo en esto que una simple técnica. Saber preguntar bien es saber pensar bien. Para hacer una buena pregunta tienes que entender el problema, separar lo que sabes de lo que no, decir con precisión qué te falta. Esas son habilidades que valían antes de estas herramientas y valdrán después. La IA solo las ha vuelto visibles: quien piensa con claridad, pregunta con claridad, y obtiene respuestas con claridad.
Así que dejé de esperar a que la máquina me entendiera mejor. Me puse a explicarme mejor yo. La herramienta seguirá cambiando, a su ritmo, sin que yo pueda hacer nada. Lo que sí está en mi mano es la mitad de la conversación que me toca: la pregunta. Y ahí, resultó, estaba casi todo lo que yo achacaba a la máquina.
– Serguey Asael Shinder
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