por Serguey Shinder
Una vez tumbé la producción con una sola línea. Un cambio pequeño. Un push confiado. Y luego las alarmas, las prisas, esa sensación de vacío en el estómago al ver mi nombre junto a lo que se había roto.
Durante días, fui ese error. Cada vez que abría el portátil, una voz me recordaba lo que había hecho. No « cometiste un fallo », sino « eres un fallo ». Había fundido en una sola cosa el commit y mi propia valía, y esa fusión me volvió más lento y más miedoso durante semanas. Empecé a evitar los cambios arriesgados, a dudar de decisiones que antes habría tomado sin pensar. El error se había convertido en identidad.
Lo que me sacó de ahí fue una idea simple que me dio alguien con más experiencia. El código lleva tu nombre en el commit, me dijo, pero no eres tú. Cuando alguien lo critica, critica el código. El ego traduce sin parar « esta función confunde » por « no vales lo suficiente », y esa traducción es un veneno caro.
Cuando empecé a separar las dos cosas, todo cambió. El error dejó de ser una condena sobre mi persona y volvió a ser lo que era: una decisión que tomé un día, con lo que sabía entonces. Pude aprender de él sin cargarlo como identidad. Pude aceptar críticas sin sentirlas como ataques. Pude, de nuevo, arriesgarme.
No eres tu último commit. No eres tu peor día, ni tu bug más caro, ni la vez que rompiste algo delante de todos. Eres la trayectoria, no el punto. Aprender a mirar el error como algo que hiciste, y no como algo que eres, fue una de las cosas más liberadoras de mi carrera, y la que me permitió seguir creciendo en lugar de encogerme.
– Serguey Asael Shinder
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