por Serguey Shinder
Hubo una nota que toqué por error y que acabó quedándose en la canción.
Estaba grabando, buscando tocarlo todo « bien », sin fallos, tal como lo había ensayado. Y en mitad de una toma, mis dedos hicieron algo que no tocaba: una nota fuera del plan, un pequeño accidente. Mi primer impulso fue parar y volver a empezar, borrar el error y perseguir la versión perfecta que tenía en la cabeza. Pero esta vez, por algún motivo, seguí escuchando.
Aquella nota equivocada sonaba mejor que la correcta. Le daba a la parte una tensión que mi versión « perfecta » no tenía, una pequeña sorpresa que la hacía viva. El error había encontrado algo que mi planificación no había encontrado. Así que lo conservé. Dejé de tratarlo como un fallo y empecé a tratarlo como un descubrimiento.
Eso cambió mi forma de entender el trabajo creativo. Yo perseguía la ejecución perfecta de un plan, y trataba cualquier desviación como un defecto que corregir. Pero algunas de las mejores cosas no vienen del plan. Vienen del accidente que decides conservar, del tropiezo que resulta ser un camino mejor que el que llevabas.
No significa que todo error sea un regalo; la mayoría son solo errores. La habilidad no está en fallar, sino en escuchar lo que sale, en tener el oído lo bastante abierto para distinguir el fallo que estorba del que mejora. La perfección planeada es cerrada: solo puede llegar hasta donde llegaba tu plan. El accidente, a veces, abre una puerta que ni sabías que estaba ahí.
Ahora, cuando algo se desvía de lo que esperaba, no lo borro de inmediato. Primero escucho. Algunas de mis mejores líneas fueron accidentes que tuve la calma de no corregir. La canción no era la versión perfecta que yo perseguía. Era la que dejé que el error escribiera.
– Serguey Asael Shinder
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