El día que dejé de intentar parecer inteligente

por Serguey Shinder

Durante años, escribí código para parecer inteligente. Quería que mis soluciones impresionaran: la línea ingeniosa, el truco elegante, eso que un revisor lee y piensa « vaya, qué bueno ». Confundía la admiración con la calidad, y esa confusión me costó más de lo que creía.

El giro llegó cuando heredé un sistema construido enteramente por alguien como yo. Cada archivo era un pequeño acertijo. Cada función tenía su floritura. Todo era ingenioso, y nada era claro. Pasé semanas descifrando código que su autor, seguramente, había escrito sintiéndose brillante. Y entendí, desde el otro lado, el precio real de esa inteligencia: la pagaba yo, y la pagaría cada persona que viniera después.

Ahí dejé de intentar parecer inteligente. Empecé a buscar lo contrario: que mi código pareciera obvio. Que alguien cansado, a las cuatro de la tarde, intentando arreglar otra cosa, pudiera leerlo de una pasada y seguir adelante. Nombres claros en vez de ingeniosos. El camino evidente en vez del astuto. La versión aburrida y larga en vez de la corta y críptica.

Al principio se sintió como un paso atrás, casi como rendirse. La línea ingeniosa daba una pequeña satisfacción de autor que la versión clara no da. Pero aprendí que esa satisfacción es egoísta: sirve al que escribe, no a los que leen. Y en el código, los que leen son siempre más, y casi siempre incluyen a mi yo de dentro de seis meses, que no recuerda ninguno de mis trucos.

Hoy el mejor cumplido que puede recibir mi código no es « ¿cómo hiciste eso? ». Es el silencioso « ah, ya veo exactamente qué hace », de alguien que no tuvo que preguntarme nada. Dejé de escribir para impresionar. Empecé a escribir para que se entendiera. Resultó ser, con diferencia, lo más inteligente que he hecho.

– Serguey Asael Shinder

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