por Serguey Shinder
Durante un tiempo, sin darme cuenta, competí con la herramienta. Cada vez que aparecía algo que hacía más rápido lo que yo hacía a mano, lo vivía como una amenaza: si la máquina puede hacer esto, ¿qué me queda a mí? Me aferraba a las tareas que sabía hacer, como si mi valor estuviera en ejecutarlas, y miraba cada avance con una mezcla de miedo y resistencia.
Era una carrera perdida, y además la carrera equivocada. La máquina siempre iba a ser más rápida produciendo, más incansable, más barata. Competir con ella en velocidad de ejecución era competir en su terreno, donde nunca podría ganar. Y mientras me empeñaba en esa carrera, no veía la otra posibilidad, la que de verdad importaba.
El cambio llegó cuando dejé de verla como un rival y empecé a verla como un instrumento. No compites con el instrumento; lo diriges. La orquesta no toca contra el director, ni el director intenta tocar más rápido que los violines. Su papel es otro: decidir qué se toca, marcar el sentido, unir las piezas en algo que ninguna produce por su cuenta.
Ahí entendí dónde se había mudado mi valor. No en producir el código, la tarea que la herramienta hace mejor, sino en decidir qué construir, en juzgar lo que genera, en distinguir lo correcto de lo que solo lo parece, en responder del resultado. Eso la máquina no lo hace: no tiene nada en juego, no se sienta frente al cliente, no carga con la consecuencia de equivocarse.
Dejé de competir con la herramienta y empecé a dirigirla. En cuanto solté esa carrera imposible, dejó de darme miedo y empezó a darme alcance. La herramienta cambia cada pocos años; el trabajo de dirigirla, de decidir y responder, no se automatiza. Ahí es donde elijo estar.
– Serguey Asael Shinder
Leave a comment