Cerré las pestañas y recuperé mi atención

por Serguey Shinder

Tenía por costumbre trabajar con veinte pestañas abiertas. Cada una era una tarea a medias, una idea sin cerrar, un « lo miro luego » que nunca miraba. Me parecía eficiente: lo tenía todo a mano, todo abierto, todo listo. En realidad, tenía mi atención repartida en veinte trozos, y ninguno lo bastante grande para pensar de verdad.

No me daba cuenta del coste. Cada pestaña era un pequeño tirón: un vistazo, un « ah, esto también », un salto a otra cosa antes de terminar la que tenía delante. Saltaba entre ellas creyendo que avanzaba, cuando en realidad solo me movía. Al final del día estaba agotado y no sabía muy bien en qué, porque había estado en todas partes y de lleno en ninguna.

Un día, casi por rabia, las cerré todas menos una. Solo la tarea que de verdad importaba en ese momento. El resto, fuera. Y el silencio fue casi incómodo al principio, como si me faltara algo. Luego, poco a poco, algo se recompuso: por primera vez en mucho tiempo, estaba entero en una sola cosa.

La diferencia fue absurda. Esa hora con una sola pestaña rindió más que tardes enteras saltando entre veinte. No porque fuera más listo, sino porque estaba completo: una tarea, sin el coste oculto de reconstruir el hilo cada vez que lo cortaba. El cambio de contexto no era gratis; me estaba cobrando el día entero sin que yo lo viera.

Ahora protejo mi atención como el recurso escaso que es. Una cosa a la vez. Las demás pestañas esperan; siempre esperan. Lo que no espera es la capacidad de pensar de verdad en algo, y esa solo aparece cuando dejas de repartirte. Cerré las pestañas, y con ellas recuperé la atención que llevaba años regalando en trozos.

– Serguey Asael Shinder

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